Preámbulo de la novela: Solo por él
On 2 febrero, 2017 | 0 Comments

Allí estaba yo, empapada, sola, triste, asustada… Mi única razón para permanecer en pie eran sus ojos. Esos pequeños ojos color caramelo que se mezclaban con los recuerdos difusos de su voz.

No tenía miedo a morir, no. Deseaba con toda mi alma que este dolor se acabara y me liberara de aquel sufrimiento. Añoraba el calor de sus besos, la protección de sus brazos, el sentir su respiración acompasada con la mía. Me relajé y dejé fluir aquel sentimiento de paz por mi cuerpo.

Ya no me dolían las balas alojadas en mi espalda, ni la herida de la cual no paraba de brotar sangre. Cerré los ojos y me fui con Laura y con él. Por fin sería libre.

Era tarde. Sobre mi piel sentía cómo ardía la lluvia cálida del verano. Aquel 20 de julio marcaría la diferencia. La vi tan sola y asustada que me decidí a volver. No me lo pensé dos veces. No podía dejar que aquel ángel pagara por mis errores y llamé a Matt.

—Hola, soy yo. Necesito que cuides de ella mientras arreglo unos asuntos —no hacía falta que siguiera, él ya sabía a qué me refería.

—Julia, espera a recuperarte. Aún te sangra el costado y has perdido mucha sangre. Todavía estás muy débil. Por favor, espera unos días.

No podía permitirlo. Sabía que tenía que hacerlo ya porque, si no, la cobardía se volvería a adueñar de mí. En mi silencio, Matt entendió la respuesta y, una hora más tarde, se presentó en el hospital para recoger a Paula y a Laura.

Cogí un taxi hacia mi destino. En el viaje no podía parar de pensar, no sabía cómo hacerlo ni qué iba a decir; el corazón me estallaba por el pánico. Jamás, en tanto tiempo de servicio, había pasado tanto miedo. Hacía tres años del desastre… Sentí un frenazo.

—¡Señora, son veintitrés euros! —le pagué, sin fijarme en la cantidad, y me bajé.

Allí estaba, muerta de miedo, en la puerta del número 22… No sabía si tocar el timbre o salir corriendo. Pero de nuevo, el recuerdo de los ojos asustados de mi hija me hizo sentir el valor para pulsar el timbre. No me abrieron la puerta, no supe por qué; el pánico seguía creciendo. Salté la arboleda de cipreses que rodeaba la fría puerta de acero. La herida se me abrió. No me importó. Esquivé las cámaras de seguridad y en treinta segundos me encontraba frente a la entrada de la casa. Me asomé a la ventana y vi que había luz. Golpeé la puerta a la vez que llamaba al timbre y…

Apareció él, Xavi. Él me miraba, aunque sin reaccionar. Pálido como el hielo, terminó de abrir. Sus ojos me recorrieron de arriba abajo, vio mi herida y gritó. Entonces, no sé si pasaron minutos o segundos, su mujer vino y nos miró a los dos, sin entender nada.

De repente, él me cogió en brazos, me llevó al sofá y me tumbó apoyando mi cabeza con mucho cuidado sobre un cojín. Volvió a mirar mi camiseta llena de sangre, el pánico se apoderó de él y me la levantó con mucho cuidado. Luego se relajó, al ver que estaba cosida.

No me salían las palabras, sentía cómo se me llenaban los ojos de lágrimas, no podía parar de llorar. Lo miraba y mi angustia se hacía más grande. Él me abrazó fuerte, tan fuerte que la herida me ardió. No me importó.

—No llores más, estás en casa, Julia. Por favor… En su voz pude notar el horror de no saber qué hacer. Tantas veces Xavi había estado preguntándose por mí, por mi muerte… El cansancio, o tal vez sentirme en paz, se apoderó de mí. Me acurruqué en su pecho y me dormí. Su voz me despertó.

—Cariño, no te preocupes, está bien.

—Natalia, no sabes cuánto la he echado de menos. Mi hermana, mi pobre hermanita pequeña —sollozaba Xavi.

Cuando salí de aquel trance, me percaté de que solo habían transcurrido unos minutos desde mi llegada.

—Xavi, tengo que decirte una cosa. Prométeme que no me vas a juzgar. Te lo pido, no te enfades conmigo.

—Julia, puedes contarme lo que sea, o lo que puedas decirme. Deja que llame a mamá y le diga que estás viva, te lo suplico —dijo.

—No, ahora mismo no. Necesito más tiempo. Probablemente, dentro de poco lo sabrá. Necesito asegurarme de que estaréis a salvo. Hasta entonces, no quiero que nadie lo sepa —le rogué.

—Vale, pero… ¿y él? ¿No tiene derecho a saber que estás viva? —me miró, interrogándome.

—Él, gracias a Dios, ha rehecho su vida. No quiero molestarle más. Bastante daño le he hecho ya. Xavi —seguí—, he vuelto porque necesito un favor. Hace tres años tuve que tomar una decisión muy dura que me atormenta cada día. ¿Me puedes pasar el móvil?

Natalia, que hasta el momento se había mantenido fuera de escena, se acercó a mi bolso y me lo trajo.

—Julia, esta es mi mujer, Natalia.

Como pude me incorporé para saludarla. Ella se sentó en el sillón de piel blanca que había justo al lado del de Xavi.

—Matt, dile a Paula que me la traiga.

Al cabo de una hora, sonó el telefonillo. Él se levantó a abrir. Cuando miró por el videoportero, vio a mi mejor amiga con una niña en brazos. Entraron al salón, Laura seguía dormida. Entonces Xavi la cogió y la acomodó en un sofá gigante. Cuando fue a apartarle el pelo de la cara, se quedó helado.

—Julia, ¿es hija tuya? —no sabía si preguntaba o afirmaba con total rotundidad.

—Sí, se llama Laura. Es lo mejor de mi vida. Por ella estoy aquí, Xavi. Solo te pido que la cuides si me pasara algo. En mi última misión casi me muero y no quiero que ella se quede sola. Deseo que tenga una vida normal, alejada de todo esto —supliqué mientras me señalaba las heridas de guerra—. Matt la cuida como si fuera su hija y Paula… ¡qué te voy a decir de ella! —dije.

—No dudes que cuidaré de ella, pero, Julia, ¿no crees que su padre debería saberlo?

—¡No! Él por fin es feliz y no quiero estropearlo.

—Julia, me tengo que ir —me interrumpió Matt—. Mírate la herida y llámame si necesitas algo.

Una vez Matt se hubo marchado, Natalia preguntó:

—¿Os quedáis todos a dormir, verdad? Y no acepto un no por respuesta.

Acosté a Laura en el cuarto de invitados, junto a Paula. No podía ni sabía cómo darle las gracias. Paula era aquella amiga fiel con la que siempre podías contar, mi voz por el pinganillo en las misiones, mi «Pepito Grillo».

Yo me quedé recostada en el sofá, era en la única posición en que no me dolía la herida. Xavi y Natalia se fueron a dormir, no sin antes hacerme prometer que no huiría en plena noche. Noté que Xavi estaba cabizbajo. Sabía que le rondaba algo por la cabeza mientras se marchaba a su habitación.

A los diez minutos empezó a sonar el telefonillo, una y otra vez. Me levanté a ver quién era, pero no me hizo falta verlo. Mi corazón y la mirada de temor de mi hermano me dieron a entender quién era. La furia que desprendían mis ojos penetró tan adentro de mi hermano, que agachó la cabeza y se fue. Abrí la puerta y ahí estaba él, el amor de mi vida, el padre de mi hija. No sabía cuánto le habría contado mi hermano ni si estaba aquí para odiarme o para perdonarme. Nos miramos fijamente sin decirnos nada. Me estrechó entre sus brazos y su boca surcó la mía. Me quedé aturdida, no supe reaccionar ni entender aquella situación. Carlos me cogió y me subió a una habitación.

No hicieron falta palabras. Sus labios acariciaron mis párpados, se deslizaron suavemente hacia mis mejillas, no sin antes detenerse en mi sien. Recorrió todo mi rostro con sus dulces labios, rozándome con esa barba de dos días que tanto me gustaba. Sentados en la cama, cogió mi cara con las dos manos, me miró profundamente con aquellos ojos azules, grandes como el cielo, abrió su boca y me dijo:

—Te amo. Siempre lo he hecho y siempre lo haré.

No sabía qué hacer, estaba presa del miedo. Yo, la que tanto daño le había hecho. Por mi culpa casi arruina su vida… Ahora, entre sus brazos, no quería pensar, aunque no podía parar de hacerlo. Por fin él tenía algo bueno en su vida, la mujer que se merecía, una que no pondría su mundo patas arriba ni tampoco pondría su vida en peligro. Y yo arruinando todo aquello por lo que tanto luché, por lo que me fui, por su vida.

No me dejó reaccionar. Cuando volví en mí, sus labios ya cubrían todo mi cuello, sus manos acariciaban con ternura cada centímetro alrededor de mi herida y me abandoné al deseo, dejé atrás mi subconsciente. Me aferré a su cuerpo tanto como me lo permitía el dolor de mi herida y le besé cada rincón de su espalda; no sin antes librar una batalla de miradas ardientes, pendientes del temor y del deseo, del ardor y del miedo.

—Mi niña, estás a salvo, no pienses más. Por favor, quédate conmigo, no huyas más —me rogaba Carlos con un abrazo.

Quería fundirme en su cuerpo, pero él me martirizó. Me quitó la camiseta casi sin rozarme, sus dedos bajaron suavemente por mi espalda y se detuvo en cada una de mis cicatrices, acariciándolas y besándolas todas con sus labios carnosos. Cuando ya no quedaba espalda por recorrer, me tumbó suavemente sobre la cama, me acarició la barbilla y empezó por todo el esternón, hasta que llegó a la herida. La miró y rodeó muy despacio…

—Julia, ¿te duele mucho? —pude distinguir temor en sus palabras.

—No, Carlos. Ya estoy mejor.

—¡Pero si aún está sangrando! —pronunció con resignación.

—Cariño, te necesito ahora mismo. No pienses en eso y bésame, ¡vamos! —supliqué, embriagada por el deseo.

Sentí cómo la duda se apoderó de él por un segundo. Pero le acaricié la melena de león y, entre sonrisas, siguió recorriendo con mesura todo mi cuerpo. Su dedo índice subía y bajaba por mi vientre. Con cuidado me arrebató el sujetador y comenzó a besarme el pecho derecho, a la vez que me acariciaba el otro pezón.

La pasión se adueñó de mí. No podía esperar más. No lo había hecho desde hacía demasiado tiempo. Tres años era mucho, para tantos preliminares. —Carlos, hazme tuya ya —susurré suplicando.

Se bajó velozmente los pantalones sin apartar sus labios de mi vientre mientras yo me recreaba en mi ángel. Tenía un cuerpo de muerte, cada centímetro estaba hecho para adorarlo. Con sus labios se ayudó para bajarme lo que me quedaba de ropa interior. Yo quería besarle, recorrer su miembro completo, pero Carlos no me dejaba. Sabía que esta batalla la tenía perdida, así que cedí.

Estábamos los dos desnudos, uno encima del otro, y podíamos oír el latido de nuestros corazones, sentir cómo se aceleraba nuestra respiración. Me levantó la mirada.

—Mi vida, te he echado tanto de menos —dijo, hundiendo su nariz en mi cuello.

No pude aguantar más y comencé a llorar. Carlos besó mis lágrimas mientras con su pierna derecha entreabría las mías. Y así dejó paso a su cuerpo. Entró en mí muy dulcemente… pendiente de mi herida, de mis ojos…

Comenzó un baile muy lento, donde notaba cada milímetro de ambos. El calor interno me invadió. Le rodeé la cintura con mis piernas, nos besamos y nos dejamos ir. Toda la angustia, el tiempo y el miedo desaparecieron por un instante.

—Julia, ¿estás bien? ¿Te duele? —preguntó, mientras me retiraba el pelo de los ojos y se acomodaba a mi lado.

—Cariño, no te preocupes, estoy bien. Carlos, deberíamos hablar, quiero contártelo todo.

—Mi niña, duérmete, mañana será otro día. Descansa, no me moveré de aquí.

Me acurruqué sobre su pecho y me abandoné a Morfeo. Desde que me fui, nunca había podido dormir tan plácidamente; la angustia y los remordimientos me reconcomían por dentro.

La luz entraba tenuemente entre las cortinas. Cuando desperté, estaba aturdida, sin saber exactamente si lo había soñado todo o aquello era real. Levanté la vista y allí estaba Carlos, durmiendo como un bebé, sus manos posadas sobre mis piernas. No quise moverme para no despertarle. Cogí su brazo y me lo traje a mi vientre.

Cerré los ojos para pensar en cómo afrontar esa mañana la situación. Él debía conocer toda la verdad para así poder elegir libremente y no sentirse coaccionado. Él sería quien elegiría. No más decisiones mías, eso solo me había traído problemas. Sin darme cuenta, me volví a dormir.

Una ráfaga de besos cubrió mi cabeza.

—Estás aquí, Julia. No sabía si al despertarme seguirías ahí, tampoco si lo de anoche fue real.

—Carlos, deberíamos hablar. Tengo muchas cosas que explicarte. Tengo que pedirte perdón por tantas cosas…

—Shhh, no digas nada, mi reina. Desde que te fuiste, ya no pienso en el futuro. Solo quiero disfrutar del poco tiempo que me des.

—Carlos, Valeria te estará esperando en casa. Vete, te prometo que no me voy a ir. Me quedaré todo el día en casa, si Xavi me deja.

Carlos, me miró a los ojos, deseando que mis palabras fueran sinceras. Rozó mi rostro con su pulgar y se levantó. Luego se despidió, rozando con su nariz mi cuello. Sabía cómo hacer que se me entrecortara la respiración.

—Julia, Julia, Julia… desarmas mi vida —dijo entre risitas mientras se alejaba.

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